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A ratitos

A veces, a ratitos, me imagino leyéndome en sus textos. Ella siempre escribe bonito. Es aterrador. Tal vez sea la calma que tanto tiempo llevo evitando. Tal vez ella lleva el mismo tiempo buscándome. A lo mejor no hiciese falta levantar un templo para que me dejara amarla. Quizás sea de esas raras que se sirven de ruinas. 

A veces me siento capaz de regalarle mi vulnerabilidad de nuevo. Y no, no quiero. Pienso que no debería. Por otro lado, al final el que más pesa, claro que sí. Claro que leo lo que escribe y si ayer pensaba que podría vivir en sus besos hoy pienso que me encantaría atrincherarme entre sus versos y hacerme fuerte ahí, en ese espacio entre el dolor y la herida. Que quiero saber de Ella, deberle un café o veinte y que me cuente. Saber porque se rompe. Joder, quiero que me cuente tus taras y mirarle con cara de “por favor no preguntes por las mías”. Quiero saber que es eso que le desgarra tanto que hace que sangre tan bonito.

A veces incluso tiene sentido el tiempo que pierdo pensando en ella. Claro que ya estaba perdido antes y al final pocas decisiones son las propias de uno si no puede elegir con que se muere, con quién se muere. Todo drama, porque me mal acostumbré a no estar bien y esto es lo queda: ratitos en los que pienso en Ella.

Es cierto, a veces pienso en Ella. Hay relaciones que son largas y te dejan marcado, como con una huella imborrable que acompaña tus pasos, la sombra de la que no puedes desprenderte, tal vez sí en a noche y guardes un ratito para echarla de menos. Esas noches largas que te devoran el alma y no duermes. Esas noches donde la cárcel que habitas te recuerda a ella y achica sus paredes en un creciente sentimiento de claustrofobia dentro de tu propio cuerpo. Esas noches largas de arrepentimiento donde quisieras no ser tú.

A veces incluso lo consigues. y la cárcel de cera termina siendo barro y tú terminas volviendo desenmascarado. No querías ser tú, porque nunca supiste ser la mejor versión de ti, pero te convertiste en eso otro que has terminado odiando aún más. Eres casi nada en un vacío poblado de dedos acusadores. De recuerdos de que tienes que ser algo: la versión de ti que no te gusta o la versión que odias. No te diste tiempo. Ahora tu expresión es como la herida abierta.

Y a veces la ves, y no encuentras donde esconderte. Eres lo que queda de todo lo que perdiste y ella está ahí, parece que reluce. Quieres perderte con ella, claro que quieres. Te delata la sonrisa de imbécil cada vez que la miras. La ciudad juega en tu contra, hasta parece que la esté iluminando más que al resto. Es todo lo que no querías pero, a ratitos, simplemente sonríes.





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